martes, 3 de abril de 2012

Noche de otoño. 4.

Fui corriendo con las manos ensangrentadas a ver como estaba el tío Roberto; marcas de soga en el cuello y muñecas, la marca de la herida de un cuchillo y su reloj en la mano derecha... En cambio, en este caso, había una nota a su lado. Estaba impresa en un papel reciclado, y el mensaje era claro; “¿Querías realmente a tu primo? Qué pena… ¿Has mirado en su habitación? ... Por cierto, ¿Te has dado cuenta de lo bien que hace lo que le ordeno mi colega de trabajo?” No entendía lo que quería decirme aquella nota, pero sin perder ni un solo segundo, fui corriendo a la habitación de mi primo; marcas de soga en el cuello y muñecas, la marca de la herida de un cuchillo y su reloj en la mano derecha... Y otra nota a su lado; “¡Sorpresa!” Los dos estaban muertos. Mi tío al que tanto quería y el primo que tanto amor me dio… Un escalofrío recorrió mi cuerpo; una parte pertenecía a la impotencia que tanta rabia me daba y la otra al gran vacío que, poco a poco, me daba cuenta de que estaba de ocupa en mi corazón. Tomé aire y comencé a reflexionar. Entonces me di cuenta de que el chico al que previamente había acuchillado no era mi primo Néstor, pues era imposible. Pero tampoco era el asesino, pues estaba segura de que mientras yo me ocupaba de aquella persona, el asesino estaba matando al primo al que tanto quería, así, que la única persona que se me venía a la cabeza era aquel chico que había venido acompañando a mi tío el día en el que nos juntamos en casa de la tía. Sin poder evitarlo, comencé a llorar y muy nerviosa fui a mi habitación, me senté en el borde de la cama y con el móvil en la mano llamé a mi madre para contarle lo sucedido. A la segunda señal de línea, sentí que me quedaba sin respiración, el cosquilleo de un arma de acero en mi costado y que me quitaban el reloj para cambiármelo a la mano derecha posteriormente, mientras escuchaba una voz conocida que me decía… “Querida sobrina, siento no poder ver tu crecimiento, pero estaba muy ocupado trazando un plan perfecto. Quiero mucho a toda la familia, pero debo hacerlo, al fin y al cabo alguien se tiene que quedar con todas las posesiones de la tía, ¿no crees?… Dale saludos de mi parte a los que ya están allí y dale la bienvenida a los que pronto llegarán…”

Noche de otoño. 3.

Comenzó hablando Néstor, rompiendo el silencio que llenaba la sala, y nos explico que la tía Gladis había fallecido aquella misma mañana a las diez en punto. La había encontrado la asistenta que le habían asignado en el ayuntamiento a raíz de su discapacidad. Ella le ayudaba en las tareas del hogar y le hacía la comida. La tía Gladis se encontraba en su habitación, tumbada en la cama, con signos de violencia; marcas en el cuello y muñecas, y las claras heridas de un cuchillo, los ojos cerrados y con su reloj en la mano derecha. Las marcas parecían estar hechas con una cuerda o algo parecido, pues se notaba perfectamente el trenzado del susodicho objeto. Justamente así fue como encontró mi madre a mi padre; a la misma hora, con las mismas marcas y con el reloj en la mano derecha, creo recordar, o eso a mí me dijeron.. Toda la familia estaba desolada. Las miradas se notaban cabizbajas, y se podía escuchar el mudo silencio de los que no estaban llorando. Estuvimos allí todos juntos hasta que el reloj marcó las dos de la madrugada. Hablando con pocas palabras e intentando consolar a los que allí presentes sufrían. El tío al que nunca veía no lloraba, pero con la cabeza baja dejaba ver un rostro triste y apagado. Mi madre si que lloraba, y diría que mis otras tías hacían un poco de teatro. Poco a poco, se fueron marchando los familiares, haciendo promesas, y jurando un posible y no casual encuentro que no se realizaría, junto con otras promesas que pronto se olvidarían, acompañadas de unas ligeras palabras cargadas de ánimo. Para que el tío Roberto, reciente viudo de Gladis, no estuviera solo, Néstor y yo nos quedamos con él. Era una ventaja el hecho de que nos habíamos criado en aquella enorme mansión, que ya la conocíamos como la palma de nuestra mano, pues poco había cambiado. Él nos agradeció nuestro apoyo, al tiempo que doblaba el blanco pañuelo en el que la tía le había grabado sus iniciales con un fino hilo de oro, que traía consigo unos vagos recuerdos de los duros inviernos que juntos pasaban al lado de la chimenea, y que mientras él avivaba el fuego, ella zurcía y bordaba, sin dejar de escuchar la radio en una rara frecuencia, que a menudo se quedaba sin señal. Cenamos algo, ya que con todo lo sucedido no hubo tiempo para tomar nada más que el típico café de máquina que los tíos solían tomar después de comer. Más tarde, nos fuimos a acostar, pero no llegamos a dormir, pensando en lo sucedido.
A los dos días, fuimos al triste entierro de Gladis. Llovía. Las tías se preocupaban más de que sus laboriosos peinados no se les estropeara y que de sus vestidos no se ensuciaran, que el dolor que allí había. La pusieron a la derecha de mi padre, y los dos estaban cubiertos de flores. Fue todo muy emotivo…
Mi primo y yo nos ofrecimos a quedarnos de nuevo con nuestro tío. Pasé la tarde junto a Néstor, quien parecía estar también afectado, pero no perdía su postura. Tomamos un vaso de licor de mora cada uno y conversamos un buen rato. Me contó varios problemas que tenía, y me di cuenta de que él había sufrido mucho también con la partida de mi padre y ahora la de la tía Gladis, y pese a que no lo aparentaba, él también era una persona muy sensible. Me contó qué había hecho durante su viaje a las afueras y por lo que me dijo, deduje que él era verdaderamente un gran profesional y se tomaba su trabajo muy enserio. Cuando el agotamiento hacía presencia, nos fuimos a acostar. Antes de irme a mi habitación, fui a junto del tío Roberto. Ya estaba durmiendo, o eso parecía, así que no quise molestar y me fui. Se debería sentir solo ante la partida de su amada mujer… Justo antes de cerrar la puerta, me llamó la atención una sombra que se proyectó en la alfombra que estaba situada en la parte derecha de la cama. Busqué rápidamente algo en la habitación pero no encontré nada. Abrí más la puerta, y en una última ojeada, vi que la ventana estaba abierta. Me asomé y divisé a una persona corriendo, la cual llevaba un típico chándal gris dos tallas más grande. Era de noche y no veía bien, ya que la carretera solo estaba iluminada en pequeños tramos por unas farolas que pésimamente hacían su trabajo, pero sin pensármelo dos veces, bajé por el viejo limonero situado al lado de la ventana y me deslicé hasta abajo. Divisé a un chico joven y muy ágil corriendo hacia el final de la calle. Le perdí de vista durante unos segundos, los suficientes para que se escondiera tras la parte del muro que estaba derrumbado. No lo veía por ninguna parte y el miedo que poco a poco se iba apoderando de mí, me impedía pensar. Retrocedí unos pasos, pero no veía nada ni a nadie. No tenía pensado dejar escapar a aquella persona que había visto, y que por un momento pensé, en una de mis disparatadas ideas, que podría ser era el asesino que mató a mi tía, así que me armé del poco valor que me quedaba y fui avanzando lentamente inspeccionando el terreno. Dirigía la mirada rápidamente en diferentes direcciones, buscando un pequeño algo que me ayudase en la búsqueda. Ya había avanzado unos seis pasos, cuando detrás de mí escuche como si tiraran una piedra del tamaño de una pelota de cricket. Me giré rápidamente para comprobar si era aquella persona que vi previamente. No vi nada, y al instante noté una soga en el cuello que no me dejaba respirar. Alguien me susurró al oído, “Vas a morir, y poco a poco el resto también lo hará…”. Su aliento olía fuertemente a licor de mora, algo que me resultaba muy peculiar, al contrario que su voz, pues era un tanto extraña. Sus manos eran fuertes, al igual que los brazos, los brazos que me traían el recuerdo de unas horas anteriores en las que mi primo Néstor me abrazaba. No aguantaba más la presión que me estaba ejerciendo en el cuello. En un último esfuerzo, lancé una patada atrás, y el chico cayó al suelo al igual que el cuchillo que empuñaba. Me quité la soga que me presionaba y cogí el arma. Él se levantó y me empujó, tropecé y caí al suelo, golpeándome fuertemente la espalda. Cuando se abalanzó sobre mí, le clavé el cuchillo. El cuerpo calló a escasos centímetros de mí, me levanté y allí lo dejé. Pensaba que era mi primo Néstor, pero eso lo podría averiguar más tarde, aunque si verdaderamente lo hubiese matado a él, no me lo perdonaría en la vida y no podría tener por mucho tiempo ese remordimiento.

Noche de otoño. 2.

Cogí mi coche. Llegué puntual a la mansión de la tía, y aparqué detrás de que parecía ser el coche de mi primo. Vista de noche, la casa tenía un aspecto un tanto lúgubre. Pasé por el oscuro portal con el apellido de la extirpe en letras cursivas y contemplé que no había cambiado mucho, tan solo el muro tenía una abertura al parecer echa a propósito, y me alegré al ver que seguía estando bajo la ventana de la habitación de los tíos el viejo limonero que me daba cobijo cuando era pequeña y el sol apretaba.
Ya estaban casi todos sentados en la mesa ovalada en la que hacíamos las reuniones familiares, y en la cual iluminaba la misma lámpara de cristal de siempre. Mi tío, en la cabecera de la mesa, no paraba de llorar, al igual que la otra tía, cosa que me apenó más. Aún faltaban mi madre y mi tío mayor, seguramente debido a la mala señalización de las carreteras que provocan colas de retención. Me senté al lado de mi primo que parecía haber reservado aquel sitio para mí y que amablemente retiró la silla para que me sentara. En el silencio sepulcral que allí reinaba, se oyó como un mercedes aparcaba en el borde de la acera. Había llegado mi madre acompañada de uno de mis tíos al que casi nunca veía, pues trabajaba mucho y no le entusiasmaba tener visitas. No estaba casado, tampoco tenía hijos y vivía solo, en un piso en la costa. Era el hijo mayor, y el más raro, a mi parecer. No solía llamarte, ni felicitarte por tu aniversario, tampoco tomaba ninguna iniciativa en torno a ver a los familiares de nuevo y tan solo se reunía con nosotros en ocasiones muy, muy especiales, o en las que tenía que venir casi obligado… Con él venía un chico joven que lo presentó como un compañero de trabajo que normalmente le hacía compañía. Mi tío tenía un gesto sumiso y estaba de brazos cruzados. Me llamó la atención su nueva forma de vestir, pues siempre lo veía vestido de cualquier manera, y esta vez venía de traje, corbata y camisa, dejando ver en su mano derecha un reloj de oro, haciendo juego con una cadena que colgaba de su cuello. Le di dos besos a mi madre, acompañados de un caliente abrazo. Él también me dio dos besos, aunque, como siempre, parecía hacerlo obligado. Se sentaron en los dos sitios que quedaban libres. Ya estábamos todos. Hasta parecía poder percibir la presencia de la tía Gladis en el ambiente, pero ella, tan tímida como siempre, no remediaba palabra alguna. Aquel momento, me trajo algunos de los recuerdos más bonitos que guardaba de aquella mansión; los momentos que pasé bajo el limonero leyendo, las historias interminables de mi tío, las veces que tanto me reía con mi primo, y decenas y decenas de recuerdos, de tiempos pasados, alejados por una fresca brisa de verano. Por un instante, estaba ausente, navegando por algunos de esos recuerdos y pensamientos en un ligero barco de ilusión y melancolía que me protegía.

Noche de otoño. 1.

Eran las once y media de la noche, una noche fría de mediados de otoño. Hacía algo más de cuatro horas que había comenzado a llover y el viento azotaba los árboles, dejando caer sus amarillentas y rojizas hojas al suelo.
Me encontraba en mi cuarto leyendo un libro de uno de mis autores favoritos cuando sonó el móvil, rompiendo el silencio que invadía la habitación. Era una llamada de mi primo Néstor. Su voz se notaba apagada, y balbuceaba al hablar. El motivo principal de la llamada fue la triste noticia del fallecimiento de la tía Gladis. Tras una muy breve explicación de lo sucedido, me citó en la mansión donde la tía vivía, donde nos criamos cuando éramos pequeños, a las doce y cuarto de esa misma noche para reunirnos con el resto de la familia y hablar de lo que allí había sucedido. La tía Gladis sobrepasaba ya los sesenta años de edad. Con ella me había criado durante los seis largos y arduos trimestres, a causa del repentino fallecimiento de mi padre que tanto dolor nos causó, tanto a mí, como a toda la familia. Siempre se portó muy bien conmigo, me ayudaba en todo, y era una persona a la que la conocía y adoraba todo el pueblo. Puedo decir que de ella heredé mi escepticismo, pues aún hoy en día me cuesta muchísimo creer algo que provenga de una boca ajena, supongo que es causado por la infancia que viví.
Mi primo Néstor era una persona sensata y tenía una simpatía muy especial. Trabajaba de entrenador personal y apenas tenía dos años más que yo. Le encantaba hacer cualquier tipo de deporte, y había ganado varias carreras por la ciudad. Se podría decir que estaba en plena forma. Siempre fue mi primo favorito, y nos teníamos un mutuo afecto muy grande. Juntos habíamos pasado la adolescencia y me dio mucho amor cuando sucedió lo de mi padre. Últimamente habíamos estado un poco separados por culpa de los viajes que tuvo que efectuar debido a su trabajo.