Comenzó hablando Néstor, rompiendo el silencio que llenaba la sala, y nos explico que la tía Gladis había fallecido aquella misma mañana a las diez en punto. La había encontrado la asistenta que le habían asignado en el ayuntamiento a raíz de su discapacidad. Ella le ayudaba en las tareas del hogar y le hacía la comida. La tía Gladis se encontraba en su habitación, tumbada en la cama, con signos de violencia; marcas en el cuello y muñecas, y las claras heridas de un cuchillo, los ojos cerrados y con su reloj en la mano derecha. Las marcas parecían estar hechas con una cuerda o algo parecido, pues se notaba perfectamente el trenzado del susodicho objeto. Justamente así fue como encontró mi madre a mi padre; a la misma hora, con las mismas marcas y con el reloj en la mano derecha, creo recordar, o eso a mí me dijeron.. Toda la familia estaba desolada. Las miradas se notaban cabizbajas, y se podía escuchar el mudo silencio de los que no estaban llorando. Estuvimos allí todos juntos hasta que el reloj marcó las dos de la madrugada. Hablando con pocas palabras e intentando consolar a los que allí presentes sufrían. El tío al que nunca veía no lloraba, pero con la cabeza baja dejaba ver un rostro triste y apagado. Mi madre si que lloraba, y diría que mis otras tías hacían un poco de teatro. Poco a poco, se fueron marchando los familiares, haciendo promesas, y jurando un posible y no casual encuentro que no se realizaría, junto con otras promesas que pronto se olvidarían, acompañadas de unas ligeras palabras cargadas de ánimo. Para que el tío Roberto, reciente viudo de Gladis, no estuviera solo, Néstor y yo nos quedamos con él. Era una ventaja el hecho de que nos habíamos criado en aquella enorme mansión, que ya la conocíamos como la palma de nuestra mano, pues poco había cambiado. Él nos agradeció nuestro apoyo, al tiempo que doblaba el blanco pañuelo en el que la tía le había grabado sus iniciales con un fino hilo de oro, que traía consigo unos vagos recuerdos de los duros inviernos que juntos pasaban al lado de la chimenea, y que mientras él avivaba el fuego, ella zurcía y bordaba, sin dejar de escuchar la radio en una rara frecuencia, que a menudo se quedaba sin señal. Cenamos algo, ya que con todo lo sucedido no hubo tiempo para tomar nada más que el típico café de máquina que los tíos solían tomar después de comer. Más tarde, nos fuimos a acostar, pero no llegamos a dormir, pensando en lo sucedido.
A los dos días, fuimos al triste entierro de Gladis. Llovía. Las tías se preocupaban más de que sus laboriosos peinados no se les estropeara y que de sus vestidos no se ensuciaran, que el dolor que allí había. La pusieron a la derecha de mi padre, y los dos estaban cubiertos de flores. Fue todo muy emotivo…
Mi primo y yo nos ofrecimos a quedarnos de nuevo con nuestro tío. Pasé la tarde junto a Néstor, quien parecía estar también afectado, pero no perdía su postura. Tomamos un vaso de licor de mora cada uno y conversamos un buen rato. Me contó varios problemas que tenía, y me di cuenta de que él había sufrido mucho también con la partida de mi padre y ahora la de la tía Gladis, y pese a que no lo aparentaba, él también era una persona muy sensible. Me contó qué había hecho durante su viaje a las afueras y por lo que me dijo, deduje que él era verdaderamente un gran profesional y se tomaba su trabajo muy enserio. Cuando el agotamiento hacía presencia, nos fuimos a acostar. Antes de irme a mi habitación, fui a junto del tío Roberto. Ya estaba durmiendo, o eso parecía, así que no quise molestar y me fui. Se debería sentir solo ante la partida de su amada mujer… Justo antes de cerrar la puerta, me llamó la atención una sombra que se proyectó en la alfombra que estaba situada en la parte derecha de la cama. Busqué rápidamente algo en la habitación pero no encontré nada. Abrí más la puerta, y en una última ojeada, vi que la ventana estaba abierta. Me asomé y divisé a una persona corriendo, la cual llevaba un típico chándal gris dos tallas más grande. Era de noche y no veía bien, ya que la carretera solo estaba iluminada en pequeños tramos por unas farolas que pésimamente hacían su trabajo, pero sin pensármelo dos veces, bajé por el viejo limonero situado al lado de la ventana y me deslicé hasta abajo. Divisé a un chico joven y muy ágil corriendo hacia el final de la calle. Le perdí de vista durante unos segundos, los suficientes para que se escondiera tras la parte del muro que estaba derrumbado. No lo veía por ninguna parte y el miedo que poco a poco se iba apoderando de mí, me impedía pensar. Retrocedí unos pasos, pero no veía nada ni a nadie. No tenía pensado dejar escapar a aquella persona que había visto, y que por un momento pensé, en una de mis disparatadas ideas, que podría ser era el asesino que mató a mi tía, así que me armé del poco valor que me quedaba y fui avanzando lentamente inspeccionando el terreno. Dirigía la mirada rápidamente en diferentes direcciones, buscando un pequeño algo que me ayudase en la búsqueda. Ya había avanzado unos seis pasos, cuando detrás de mí escuche como si tiraran una piedra del tamaño de una pelota de cricket. Me giré rápidamente para comprobar si era aquella persona que vi previamente. No vi nada, y al instante noté una soga en el cuello que no me dejaba respirar. Alguien me susurró al oído, “Vas a morir, y poco a poco el resto también lo hará…”. Su aliento olía fuertemente a licor de mora, algo que me resultaba muy peculiar, al contrario que su voz, pues era un tanto extraña. Sus manos eran fuertes, al igual que los brazos, los brazos que me traían el recuerdo de unas horas anteriores en las que mi primo Néstor me abrazaba. No aguantaba más la presión que me estaba ejerciendo en el cuello. En un último esfuerzo, lancé una patada atrás, y el chico cayó al suelo al igual que el cuchillo que empuñaba. Me quité la soga que me presionaba y cogí el arma. Él se levantó y me empujó, tropecé y caí al suelo, golpeándome fuertemente la espalda. Cuando se abalanzó sobre mí, le clavé el cuchillo. El cuerpo calló a escasos centímetros de mí, me levanté y allí lo dejé. Pensaba que era mi primo Néstor, pero eso lo podría averiguar más tarde, aunque si verdaderamente lo hubiese matado a él, no me lo perdonaría en la vida y no podría tener por mucho tiempo ese remordimiento.
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