Eran las once y media de la noche, una noche fría de mediados de otoño. Hacía algo más de cuatro horas que había comenzado a llover y el viento azotaba los árboles, dejando caer sus amarillentas y rojizas hojas al suelo.
Me encontraba en mi cuarto leyendo un libro de uno de mis autores favoritos cuando sonó el móvil, rompiendo el silencio que invadía la habitación. Era una llamada de mi primo Néstor. Su voz se notaba apagada, y balbuceaba al hablar. El motivo principal de la llamada fue la triste noticia del fallecimiento de la tía Gladis. Tras una muy breve explicación de lo sucedido, me citó en la mansión donde la tía vivía, donde nos criamos cuando éramos pequeños, a las doce y cuarto de esa misma noche para reunirnos con el resto de la familia y hablar de lo que allí había sucedido. La tía Gladis sobrepasaba ya los sesenta años de edad. Con ella me había criado durante los seis largos y arduos trimestres, a causa del repentino fallecimiento de mi padre que tanto dolor nos causó, tanto a mí, como a toda la familia. Siempre se portó muy bien conmigo, me ayudaba en todo, y era una persona a la que la conocía y adoraba todo el pueblo. Puedo decir que de ella heredé mi escepticismo, pues aún hoy en día me cuesta muchísimo creer algo que provenga de una boca ajena, supongo que es causado por la infancia que viví.
Mi primo Néstor era una persona sensata y tenía una simpatía muy especial. Trabajaba de entrenador personal y apenas tenía dos años más que yo. Le encantaba hacer cualquier tipo de deporte, y había ganado varias carreras por la ciudad. Se podría decir que estaba en plena forma. Siempre fue mi primo favorito, y nos teníamos un mutuo afecto muy grande. Juntos habíamos pasado la adolescencia y me dio mucho amor cuando sucedió lo de mi padre. Últimamente habíamos estado un poco separados por culpa de los viajes que tuvo que efectuar debido a su trabajo.
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