Cogí mi coche. Llegué puntual a la mansión de la tía, y aparqué detrás de que parecía ser el coche de mi primo. Vista de noche, la casa tenía un aspecto un tanto lúgubre. Pasé por el oscuro portal con el apellido de la extirpe en letras cursivas y contemplé que no había cambiado mucho, tan solo el muro tenía una abertura al parecer echa a propósito, y me alegré al ver que seguía estando bajo la ventana de la habitación de los tíos el viejo limonero que me daba cobijo cuando era pequeña y el sol apretaba.
Ya estaban casi todos sentados en la mesa ovalada en la que hacíamos las reuniones familiares, y en la cual iluminaba la misma lámpara de cristal de siempre. Mi tío, en la cabecera de la mesa, no paraba de llorar, al igual que la otra tía, cosa que me apenó más. Aún faltaban mi madre y mi tío mayor, seguramente debido a la mala señalización de las carreteras que provocan colas de retención. Me senté al lado de mi primo que parecía haber reservado aquel sitio para mí y que amablemente retiró la silla para que me sentara. En el silencio sepulcral que allí reinaba, se oyó como un mercedes aparcaba en el borde de la acera. Había llegado mi madre acompañada de uno de mis tíos al que casi nunca veía, pues trabajaba mucho y no le entusiasmaba tener visitas. No estaba casado, tampoco tenía hijos y vivía solo, en un piso en la costa. Era el hijo mayor, y el más raro, a mi parecer. No solía llamarte, ni felicitarte por tu aniversario, tampoco tomaba ninguna iniciativa en torno a ver a los familiares de nuevo y tan solo se reunía con nosotros en ocasiones muy, muy especiales, o en las que tenía que venir casi obligado… Con él venía un chico joven que lo presentó como un compañero de trabajo que normalmente le hacía compañía. Mi tío tenía un gesto sumiso y estaba de brazos cruzados. Me llamó la atención su nueva forma de vestir, pues siempre lo veía vestido de cualquier manera, y esta vez venía de traje, corbata y camisa, dejando ver en su mano derecha un reloj de oro, haciendo juego con una cadena que colgaba de su cuello. Le di dos besos a mi madre, acompañados de un caliente abrazo. Él también me dio dos besos, aunque, como siempre, parecía hacerlo obligado. Se sentaron en los dos sitios que quedaban libres. Ya estábamos todos. Hasta parecía poder percibir la presencia de la tía Gladis en el ambiente, pero ella, tan tímida como siempre, no remediaba palabra alguna. Aquel momento, me trajo algunos de los recuerdos más bonitos que guardaba de aquella mansión; los momentos que pasé bajo el limonero leyendo, las historias interminables de mi tío, las veces que tanto me reía con mi primo, y decenas y decenas de recuerdos, de tiempos pasados, alejados por una fresca brisa de verano. Por un instante, estaba ausente, navegando por algunos de esos recuerdos y pensamientos en un ligero barco de ilusión y melancolía que me protegía.
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