Un cuervo pegó un alarido. La oscuridad de la noche me produjo una
ceguera temporal. Poco a poco, fui vislumbrando la espesa negrura que me
cobijaba en lo que parecía ser un bosque. Tanteé incorporarme, quedando sentado
al pie de un árbol. Eché un rápido visual a mí indumentaria y a mi estado. No
recordaba nada.
Los bajos de
mis pantalones estaban bañados en sangre, al igual que mis brazos, que dejaban
ver unas cuantas heridas profundas e infectadas. Tras un largo rato intentando fallidamente
atraer a mi mente alguna imagen de algún momento anterior, me levanté y alcé la
vista. El carbonizado cielo se escondía bajo una manta que no dejaba ver
estrella alguna. Mismo la luna parecía no muy convencida de dejarse visitar esa
noche. Caminé despacio, agarrándome a las pocas ramas de los viejos árboles que
estaban dispuestas a ayudarme. No sabía el camino, pero el cercano aullido de
un lobo me animó a descubrirlo.
Pasó un largo rato hasta que di con
la salida, donde parecía empezar el patio de un sanatorio. Sin darme una
segunda opción para replanteármelo, entré. Diría que fue mi aspecto la causa
del grito de la señora que se ocultaba tras la pantalla del ordenador de
recepción. Y lo comprendí al girarme y ver mejor mi aspecto, ya que entre la
sangre, la ropa hecha trizas, la fina capa de tierra que me cubría y el pelo
alborotado, se me podría confundir con uno de los mitos urbanos de aquel mísero
pueblo.
Hasta aquel momento, no había probado a
articular una palabra. Quizás porque a la soledad no le interesaba mis intentos
por sentirme vivo.
No sabría qué explicarle ni cómo
hacerlo a la asustada cincuentona si me hubiera dado al menos una oportunidad.
Dos hombres de fuerte complexión y con vestimentas oscuras me acompañaron hasta
una de las salas del interior del edificio. Tras un flexo de débil luz, lo que
parecía ser un psicólogo echaba un vistazo al interior de un diario inglés. No
duró mucho el encuentro. Bastó con dar a entender que una persona como él,
podría saber muy poco de una persona como yo. Incluso que podría saber más de
mí que yo mismo.
A mi mente no se había allegado
ningún recuerdo aún y comenzaba a sentirme frustrado. Después de posar para la
cámara de la señora de recepción, ducharme, cambiarme y cenar, me encontraba en
una pálida habitación. Y así pasé los dos días siguientes. Sin un recuerdo, sin
un dato, sin nadie. Sin ni siquiera saber mi nombre. Sabía que mi estancia allí
no era deseada y menos aún sin nombres ni apellidos que dieran a los médicos la
autorización para tratarme. También sabía que no duraría allí mucho tiempo, así
que esperé a que el ocaso hiciera su diaria aparición y con un poco de maña
salí de aquel palacio de locos.
Yo no pertenecía a ese lugar.
Divisé a lo lejos lo que parecía ser
una tasca de carretera típicamente visitada por camioneros. No me hacía
especial ilusión entrar, pero tenía la esperanza de que, al menos, alguien de
allí supiera algo sobre mí. Un penetrante olor a humo me atravesó al abrir la
puerta. En ese mismo instante, un recuerdo lo hizo también. Me veía sentado en
un pequeño taburete de madera, vestido con un elegante traje, fumando un puro.
El humo de este tapaba el resto de la escena. El ambiente estaba cargado.
Sonreía. Como si todo me fuera bien. O como si supiera que pronto sería así.
Cerré los ojos. Suspiré. No recordaba más.
Me senté en la esquina de la barra, intentando pasar lo más
desapercibido posible. Podía ver la mella que el tiempo había hecho en el rostro
de la mujer que enjuagaba las jarras de cerveza tras el mostrador. El nudo a la
altura del obligo y los tres primeros botones desabrochados de su camisa fucsia
resaltaban su imperfecto cuerpo y los remiendos de una mujer rota por el dolor
y malos momentos, mientras que la desviada línea que perfilaba sus ojos
mostraba sus pocas ganas de seguir en este mundo de fuertes, donde sabía que ya
no encontraría su lugar. Se acercó a mí con una inexistente sonrisa,
retocándose el pelo con las manos para intentar ocultar su sufrimiento. Me
examinó. No había expresión en su rostro.
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