–¿Qué va a
querer, caballero?
–Póngame una
cerveza. La primera que encuentre. – No había pensado en cómo iba a pagarla
cuando ya estaba saboreando el primer trago. –¿Me permite una pregunta?
–Lo que
quiera, pregunte, adelante…
–Verá… –
Dejé las palabras en el aire durante unos segundos. Me intimidaban los anónimos
rostros que en el local se quejaban en silencio. –He tenido unos malos días y
me gustaría saber si usted y yo, o alguien de los de aquí, nos hemos visto
alguna vez. – Su semblante se tornó. Parecía contrariada. Quizás no había sido
un buen comienzo, o quizás le había molestado la pregunta. Cuando parecía salir
de su asombro, el gruñido de un cliente la desplazó hasta el otro lado de la
barra. Tenía la sensación de que el hombre que estaba próximo a mí me había
escuchado, así que bebí la cerveza en silencio, mirando fijamente un cenicero
lleno de colillas, mientras intentaba organizar mis pensamientos. Estaba yendo
a la deriva, sin un rumbo fijo ni nada a lo que agarrarme.
Una palmada en el hombro me hizo
salir de mi ensimismamiento. El hombre que estaba a mi derecha se alejó, abrió
la puerta y me dedicó una mueca. Me levanté y vi por última vez a la mujer de
la barra. Ni se había limitado a fingir una sonrisa.
–No debería
haber hecho eso. Aquí nadie es su amigo y menos en las circunstancias en las
que se encuentra. – Cada palabra que me dirigía me dejaba más atónito. Sin duda,
aquel hombre me conocía. El silencio se adueñó de la situación por unos
momentos, hasta que entramos en el camión que había visto en la entrada. –¿Le
sueno de algo? –Intenté hacer memoria antes de contestar.
–No. Mi
mente está al cero. – Sonrió. Y no me volvió a dirigir la palabra en todo el
trayecto, ni siquiera para decirme a dónde íbamos. La ventanilla de la puerta
del copiloto se había atascado, entrando un tremendo aire frío cada vez que la
aguja pasaba de los setenta. Se asomé, intentando que el fresco viento me
trajera algún recuerdo. Y así lo hizo. Por un instante, vi los rubios y
ondulados cabellos de una mujer al viento.
Tan solo las notas de un solo de
guitarra eléctrica se escuchaban en el momento en el que me bajé. Miré por
última vez a aquel hombre. Debería tener unos cuarenta años. Una burda camiseta
punk hacía juego con sus apretados pantalones y sus cadenas, acorde a su larga
melena.
–Gracias.
–Tenga
cuidado con lo que hace. No se fíe de nadie. Aquí, no tiene amigos. En su
mundo, solo se vive para sobrevivir. –Dichas estas palabras, se alejó. Me quedé
a un lado de la carretera, sin saber qué hacer. Derrotado, cansado, desanimado.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué se suponía que debería hacer en aquella situación?
Había dormido en un banco, mal, poco
y con frío. Apestaba a alcohol. La gente que pasaba no se dignaba ni a mirar.
Sus vidas ocupadas y aceleradas me repugnaban. Por primera vez, me sentía
pequeño, insignificante, vacío. Pero sobre todo, lo que más me abrumaba, era no
saber quién era, ni qué había sido de mi vida, ni siquiera cuál era mi lugar.
Me dolía el cuerpo, me dolía mi presencia. Me dolía estar solo.
Sin saber a dónde ir y sin saber
a quién recurrir, comencé a andar en dirección al Ayuntamiento de aquel
repulsivo pueblo. Las pocas miradas que se cruzaban conmigo me hacían sentir
incómodo, molesto. Al llegar, una modesta joven me atendió. Tenía un rostro
amigable, bonito. Su mirada transmitía claridad, limpieza. Sus ojos dejaban ver
un alma libre, feliz. Las pecas que tintaban su pálida tez me atraparon, como si
un remolino de recuerdos me estuviera zarandeando de un lado a otro. Vi a una
mujer. Con los mismos cabellos del recuerdo anterior. Feliz. Se reía. Como si
todo le fuera bien. El ambiente estaba cargado, pero eso no me impedía ver su
preciosa sonrisa. Y sus pecas. No podía verle los ojos ni la frente. Tan solo
el trayecto de las pecas hasta el bonito bordado blanco de una prenda de palaba
de honor. Mi pulso se aceleró. No duró mucho. La joven me hizo volver.
Salí media
hora después, aturdido aún por la sacudida de aquel recuerdo. Ya tenía la
información que necesitaba. Sabía adónde tenía que ir para saber más sobre mí
mismo. “Qué irónico”, pensé, “qué sorpresas nos da la vida”. Qué inocente aún.
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