Se me fue
toda la mañana andando. Había cogido algo para comer y me senté en un banco de
un parque dispuesto a devorarlo. Los velos que se habían tendido sobre mí, poco
a poco, se iban rajando y dejaban entrar halos de luz. Luz, clara y oscura a la
vez, que me daba ánimos y me hundía en cuestión de segundos. Lo que antes me
abrumaba, había pasado a un segundo plano, y lo que me sorprendía, ocupaba mi
mente de cabo a cabo. Cada vez que revivía aquellos momentos me alteraba.
Entrelacé imágenes, enganché recuerdos. Una pequeña escena tenía en mi mente.
El denso humo que se apropiaba del recuerdo, del que guardaba egoístamente
partes del acto. Aquella mujer. Yo mismo. ¿Qué había de común en todo aquello?
¿Quién era ella? ¿Y yo? ¿Por qué pintaba todo tan radiante, pero al mismo
tiempo el humo lo oscurecía y tapaba todo?
Un grito de un niño me sacó de mis
pensamientos. Cerré los ojos, pero tuve tiempo para lamentarme. ¿Otro recuerdo?
Otro oscuro recuerdo, en el que tan solo pude ver un arma. Un arma y sangre. Vacío.
Alterado, me levanté y seguí mi camino.
Valle de las almas perdidas, número
veintiocho. Lejos del ruidoso mundo de hoy, de las vidas huecas y de las
anémicas mentes, se alzaba ante mí una lujosa morada. Un alto muro no dejaba
ver más allá, pero sí lo permitía la entrecerrada verja de metal. Entré con
cautela, temiendo por la posible presencia de guardias o cámaras. Aguardé. No
pasó nada. Cerré con cuidado la verja. Un bonito césped se extendía por todo el
espacio, adornado con una gran cantidad de árboles de todo tipo. El camino que
indicaba la entrada a la casa estaba cubierto de hojas marrones, que daban un
toque nostálgico al lugar. Respiré hondo. Me encontraba en un pasillo de
tiempo. Se mezclaron en mí el miedo, el agobio, la inocencia, el desconcierto y
la presión en forma de adrenalina. Adrenalina que circulaba por mis venas con
violencia.
La puerta estaba abierta. Me asomé y
entré con sigilo. Me encontraba en un gran recibidor de una casa extraña para
mí en aquellos momentos. Tenía miedo, pero mi curiosidad era aún mayor. Subí al
primer piso. Me quedé pálido en la penúltima escalera; cuadros rotos, hojas
esparcidas por el suelo, fragmentos de pertenencias quemadas, sangre y un asqueroso
olor que me quitó las ganas de seguir allí un minuto más. Pero fui azotado de nuevo.
Me vi histérico, revolucionado. En el suelo, al lado de mi pie, encontré una
foto con los bordes quemados, para la cual posaban tres rostros adornados con
tres bonitas y esmeradas sonrisas. Un robusto melenudo agarraba la mano de una
bella dama de cabellos dorados. Los dos iban con trajes elegantes. Al lado de
estos, estaba yo sonriendo, sosteniendo a la mujer por la cintura. Entonces lo
comprendí todo.
Sin duda,
aquel hombre, era el camionero que, sin pronunciar las palabras que tanto
necesitaba, me dejó a merced de la suerte. Aquella mujer, era la de mis
recuerdos. Aquella mujer…
Una aleación de un lamento y un bramido resonó fuertemente en silencio
en mi desequilibrada mente, iniciando el camino hacia mi fin. Hacia el
principio de mi locura. Notaba la adrenalina en mis venas. Mi sangre salpicando
mi nombre. Mi ser, mi asqueroso y sucio ser, en pedazos. Notaba como se me
rompía el cuerpo. Luchaba contra ello. Luchaba contra lo que me hizo perderlo
todo, incluso la consciencia. Aquella bestia que llevaba dentro y que iba desgarrando
lo poco que quedaba. Luchaba contra mí mismo.
Una carnívora sonrisa se dibujó en mi rostro. ¿Enajenación?
¿Locura? Me reí ante aquellas posibilidades.
Notaba mis nervios resbalando por mi piel y a mi nueva
compañera, la esquizofrenia, enterrándose bajo mis poros. Grité ahogadamente.
Quería huir, pero ya era demasiado tarde. Nunca nadie había sido capaz de
escapar de sí mismo y yo no sería una excepción. ¿Me estaba convirtiendo en un
esquizofrénico bajo un cuerpo de cobardía? No. Si había llegado hasta aquel
punto, era por algo, así que decidí continuar.
Me hice paso entre las colillas, quemadas
posesiones, rotas cartas, olvidados recuerdos. Me paré en el umbral de la
puerta. Estaba a un paso. Oscilaba entre la salvación y la perturbación. No
estaba muy seguro de poder alcanzar la primera y dudaba de si ya estaba en la
segunda. Abrí la puerta. Bajé la mirada. Sonreí.
Un olor
avivado se camuflaba entre aquellas cuatro escuras paredes. En sus firmes
composturas, rebotaban gritos de dolor pidiendo auxilio y duros llantos que
anunciaban el fin. Y allí estaba ella. Me senté en un pequeño taburete y prendí
un puro. La examiné. Examiné su vestido de boda. “Qué irónico todo ahora…”.
Sus anaranjados cabellos, antes
rubios, cubrían parte de la bañera. Su cara, inexpresiva, gritaba dolor,
sangraba daño. Todo lo que sus muertas palabras no decían, lo enseñaban sus
cortes. Su cuerpo, inerte, reposaba en un baño de sangre. Sus azules ojos, se
habían apagado en una bonita noche debido a mi avaricia, a mis engaños, a mi
egoísmo. Mi sed de dinero, lujo y mujeres, me había llevado a la pérdida del
amor, y este, a la de mí mismo. Pero estaba feliz. ¿Por qué no estarlo? Al fin
y al cabo, con o sin mi locura, tan
solo estaba al lado de la bella mujer de la cual estaba enamorado. De la bella
mujer, a la cual la vida le había arrebatado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario