miércoles, 24 de abril de 2013

El humo de la locura. 3.


Se me fue toda la mañana andando. Había cogido algo para comer y me senté en un banco de un parque dispuesto a devorarlo. Los velos que se habían tendido sobre mí, poco a poco, se iban rajando y dejaban entrar halos de luz. Luz, clara y oscura a la vez, que me daba ánimos y me hundía en cuestión de segundos. Lo que antes me abrumaba, había pasado a un segundo plano, y lo que me sorprendía, ocupaba mi mente de cabo a cabo. Cada vez que revivía aquellos momentos me alteraba. Entrelacé imágenes, enganché recuerdos. Una pequeña escena tenía en mi mente. El denso humo que se apropiaba del recuerdo, del que guardaba egoístamente partes del acto. Aquella mujer. Yo mismo. ¿Qué había de común en todo aquello? ¿Quién era ella? ¿Y yo? ¿Por qué pintaba todo tan radiante, pero al mismo tiempo el humo lo oscurecía y tapaba todo?  
          Un grito de un niño me sacó de mis pensamientos. Cerré los ojos, pero tuve tiempo para lamentarme. ¿Otro recuerdo? Otro oscuro recuerdo, en el que tan solo pude ver un arma. Un arma y sangre. Vacío. Alterado, me levanté y seguí mi camino.
          Valle de las almas perdidas, número veintiocho. Lejos del ruidoso mundo de hoy, de las vidas huecas y de las anémicas mentes, se alzaba ante mí una lujosa morada. Un alto muro no dejaba ver más allá, pero sí lo permitía la entrecerrada verja de metal. Entré con cautela, temiendo por la posible presencia de guardias o cámaras. Aguardé. No pasó nada. Cerré con cuidado la verja. Un bonito césped se extendía por todo el espacio, adornado con una gran cantidad de árboles de todo tipo. El camino que indicaba la entrada a la casa estaba cubierto de hojas marrones, que daban un toque nostálgico al lugar. Respiré hondo. Me encontraba en un pasillo de tiempo. Se mezclaron en mí el miedo, el agobio, la inocencia, el desconcierto y la presión en forma de adrenalina. Adrenalina que circulaba por mis venas con violencia.
          La puerta estaba abierta. Me asomé y entré con sigilo. Me encontraba en un gran recibidor de una casa extraña para mí en aquellos momentos. Tenía miedo, pero mi curiosidad era aún mayor. Subí al primer piso. Me quedé pálido en la penúltima escalera; cuadros rotos, hojas esparcidas por el suelo, fragmentos de pertenencias quemadas, sangre y un asqueroso olor que me quitó las ganas de seguir allí un minuto más. Pero fui azotado de nuevo. Me vi histérico, revolucionado. En el suelo, al lado de mi pie, encontré una foto con los bordes quemados, para la cual posaban tres rostros adornados con tres bonitas y esmeradas sonrisas. Un robusto melenudo agarraba la mano de una bella dama de cabellos dorados. Los dos iban con trajes elegantes. Al lado de estos, estaba yo sonriendo, sosteniendo a la mujer por la cintura. Entonces lo comprendí todo.
Sin duda, aquel hombre, era el camionero que, sin pronunciar las palabras que tanto necesitaba, me dejó a merced de la suerte. Aquella mujer, era la de mis recuerdos. Aquella mujer…
          Una aleación de un lamento y un bramido resonó fuertemente en silencio en mi desequilibrada mente, iniciando el camino hacia mi fin. Hacia el principio de mi locura. Notaba la adrenalina en mis venas. Mi sangre salpicando mi nombre. Mi ser, mi asqueroso y sucio ser, en pedazos. Notaba como se me rompía el cuerpo. Luchaba contra ello. Luchaba contra lo que me hizo perderlo todo, incluso la consciencia. Aquella bestia que llevaba dentro y que iba desgarrando lo poco que quedaba. Luchaba contra mí mismo.
Una carnívora sonrisa se dibujó en mi rostro. ¿Enajenación? ¿Locura? Me reí ante aquellas posibilidades.
Notaba mis nervios resbalando por mi piel y a mi nueva compañera, la esquizofrenia, enterrándose bajo mis poros. Grité ahogadamente. Quería huir, pero ya era demasiado tarde. Nunca nadie había sido capaz de escapar de sí mismo y yo no sería una excepción. ¿Me estaba convirtiendo en un esquizofrénico bajo un cuerpo de cobardía? No. Si había llegado hasta aquel punto, era por algo, así que decidí continuar.

          Me hice paso entre las colillas, quemadas posesiones, rotas cartas, olvidados recuerdos. Me paré en el umbral de la puerta. Estaba a un paso. Oscilaba entre la salvación y la perturbación. No estaba muy seguro de poder alcanzar la primera y dudaba de si ya estaba en la segunda. Abrí la puerta. Bajé la mirada. Sonreí.

Un olor avivado se camuflaba entre aquellas cuatro escuras paredes. En sus firmes composturas, rebotaban gritos de dolor pidiendo auxilio y duros llantos que anunciaban el fin. Y allí estaba ella. Me senté en un pequeño taburete y prendí un puro. La examiné. Examiné su vestido de boda. “Qué irónico todo ahora…”.
          Sus anaranjados cabellos, antes rubios, cubrían parte de la bañera. Su cara, inexpresiva, gritaba dolor, sangraba daño. Todo lo que sus muertas palabras no decían, lo enseñaban sus cortes. Su cuerpo, inerte, reposaba en un baño de sangre. Sus azules ojos, se habían apagado en una bonita noche debido a mi avaricia, a mis engaños, a mi egoísmo. Mi sed de dinero, lujo y mujeres, me había llevado a la pérdida del amor, y este, a la de mí mismo. Pero estaba feliz. ¿Por qué no estarlo? Al fin y al cabo, con o sin mi locura, tan solo estaba al lado de la bella mujer de la cual estaba enamorado. De la bella mujer, a la cual la vida le había arrebatado.

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